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SUPERVIVENCIA EMOCIONAL

SUICIDAS

SUICIDAS Llegáis hasta mi puerta como un ejército de sogas, balas y cuchillos. Desenamorados y silenciosos. Beodos de torrenciales ígneos como lluvias de acíbar y lágrimas. Os sujetáis las manos, más allá de los miembros, a fin de retener una última caricia, un saludo diminuto, un fugaz tacto de lirios y azucena. Dejáis caer los ojos, como ajenos a la vista, por los yermos surcos de la historia, del detenido calendario interrumpido brevemente por el acero y la tristeza, por la desesperanzadora soledad del naufrago. Recolecto motivos y respuestas en el incipiente jardín de mis deseos donde también la bruma, a menudo, se pasea ociosa con su tétrica guadaña. Menos mal que una mano siempre se interpone entre mi voluntad y la angustia. Nadie sabe porqué, tras sembrar el barbecho, no os quedásteis a la vendimia, ni siquiera vosotros mismos sabéis resolver el enigma, por más respuestas que existan nunca son suficientes. Os acomodáis, tímidamente, en las esquinas redondas de mi casa buscando motivos para la visita. No hay razón. Hoy merendaremos un zumo de esperanza, quizás para la próxima no os pille desprevenidos la cruel soledad.

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