LA REBELDÍA
No voy a abandonar ahora,
llevo demasiados siglos llorándome en los zapatos
y embarrando la caverna
donde me refugio de mí misma.
No entierro la espada,
la agito y canta con voz de luciérnaga enamorada.
No voy a abandonar ahora,
llevo demasiados siglos llorándome en los zapatos
y embarrando la caverna
donde me refugio de mí misma.
No entierro la espada,
la agito y canta con voz de luciérnaga enamorada.
No te vayas sin desentrañarme la memoria,
la luz, los bolsillos, la sonrisa...
no te ocultes en los recuerdos, febril y distante,
lejano como un suspiro que merece
la eterna beatitud de los enamorados.
No te vayas sin insistir en mi desnudez primera.
Todavía te espero rompiéndome el vértigo,
haciendo de este enigma que nos encuentra
una cercanía azul plena de noches siniestramente encontradas
en el olvido gris del enconado olvido.
No te vayas...
No me dejes ir...
Cuadro: "Adán y Eva" de Klimt
La razón ya no existe ahora
que los hombres se han declarado
en suicidio universal
porque han olvidado
que el tiempo no existe,
sólo existe la ternura.
(Imagen: "Ternura" de Guayasamin)
Es el virus de la desilusión,
la espera generando congestiones de tristeza,
la palabra que no llega,
la caricia que se pierde en el tránsito infecundo
de un reloj de arena vacío en sus principios.
Es el invierno de la esperanza,
el corazón se adorna con oropeles baldíos,
blondas azules con lanzos enmascarados
en la ternura imprecisa del último latido.
Siempre esperando la respuesta que no llega,
el antídoto que nos lleve a navegar la alegría,
la clarividencia que nos rescata de las fosas precisas...
y así vamos, muriendo eternamente, en la luz de un segundo.
Me quedo con la libertad a medias que me ofrece
el limitado cadalso de tu memoria.
Hay sentencias a muerte que prevalecen intactas
en la soledad de los vivos.
Soy, en el oscuro presagio del invierno,
la gélida semilla que siempre incordia
los desalentados planes del vacío.
(Pintura de Francisco Mallo www.interarteonline.com/Francisco_Mallo.htlm)
Amor,
de tarde en tarde voy llegando al naufragio de tus besos,
a los acantilados de tu cintura donde la cicuta se inventa
en cántaros difusos, embestidas líricas de verdades a medias.
Como asomándome al espanto de la lluvia,
enredándome en el aquelarre de tus abrazos,
desbordándome en el inventado paisaje de la tristeza,
huyo en la fiereza precoz de las sábanas sin norte.
Así, cavernosa y distante,
húmeda de abriles preconcebidos en la saliva,
voy agonizando al sur de tu ombligo,
ebria de silencios como racimos de grosellas.
Amor,
no dejes que la marea me envenene la memoria,
bésame en la eternidad del instante donde la hiedra planifica
una eternidad de breves suicidios.
Te extraño porque me extraño
y viceversa...
¡Qué difícil resulta, a veces,
con los tiempos que corren,
vivirnos y
extrañarnos!
(... y viceversa.)
Se aman.
Se quieren pero no se tocan.
Se imaginan.
Se palpan el recuerdo con la memoria del olvido.
Esperan el azul tras la noche siniestra
pero sólo llegan bandadas de frías madreperlas
a cubrir los huecos que dejan los iris recaídos.
Se aman.
Atienden a la nostalgia y al beso,
al ímpetu fugaz de las tiernas corolas,
a la locuacidad vehemente de los calendarios precoces.
Se aman,
se acercan como concubinas fugaces
con la ingenuidad tácita de los plebeyos presentes
que imaginan la felicidad en un grano de lluvia.
Se aman,
pertenecen a la generación del llanto
pero no lo saben... todavía.
Es mejor no morir hoy,
lo dejaré para mañana.
Me quedan lejos los puentes,
los raíles y las sombras,
las razones y los números,
la penumbra y el olvido.
(Las sogas llevan nombres y apellidos
y temo ahorcar la luz entre mis lágrimas.)
Hay que escucharse despacio
en la íntima soledad del olvido,
en la mimética pleamar del abrazo,
en el holocausto ínfimo y perfecto
de unas manos que cabalgan
pieles olvidadas por el beso.
Es así, la urgencia nos devora la memoria
y acabamos siendo juguetes olvidados
en los desvanes ausentes del latido.
Amor, he amado tan poco que ya no sé
si merezco las mieles de tu paraíso.
Estaba cantando ayer mismo al borde de la melancolía
por eso me han crecido los geranios a la altura del aliento
como enraizándose en las madrugadas
donde las manos se palpan la conciencia difusa.
¡Qué lejana resulta hoy la tormenta del olvido!
Las lágrimas son sólo un recuerdo en los calendarios ambigüos
del hombre que camina desvirtuando puentes.
Ayer mismo estaba mutilándome la esperanza
por eso, quizás, hoy canto en los nidos de la calandria virgen
y me han dado la bienvenida con abanicos de plumas enamoradas.
¡Qué distinto resulta el mundo cuando lo observas desde la altura de los sueños!
(Cuadro de Martínez. www.juanmart.com)
Le doy una tregua al tiempo ahora
que me balanceo en tus ojos redondos
como lunas enamoradas del día,
ahora que todo en ti son colinas accesibles
a la duda remota del silencio,
ahora que el tacto se envenena de caricias
en los pergaminos dorados del olvido.
Me quedo así, ya no quiero envejecerme a solas
ni entristecerme con lágrimas ajenas,
ya no quiero los balcones de la espera
con las manos tapiadas en los iris.
Así... aquí... derramada en la ingenuidad
de los besos que trepitan encendidos
en hogueras cuyos nombres tienen el enigma de tu voz.
(imágen de Salvador Dalí)
Creo que voy a cambiarme de gafas para ver mejor desde adentro,
comprarme unos prismáticos para medirme la masa sexual,
un catalejo que compagine la salsa de anacardos
con la cebolla refrita de los recuerdos.
No sé... igual necesito un marcapasos
en el álbum donde guardo los recortes de la distancia,
pequeñas franjas de sendero que nunca recorrí
por miedo a los guijarros que se ocultan entre las pestañas.
Con los años me he vuelto estupidamente necia
y tan sólo me queda memoria para hacer inventarios miméticos,
de esos que se guardan en el disco duro del último día;
es lo que tiene saberse inmune a los desprecios, a los olvidos,
incluso a la buena reputación de los exiliados morales.
El tiempo es el mejor método para desengarcharse de la vida
para así empezar a vivir el segundo que nos toca.
Ya le voy tomando la medida al tiempo
por eso sólo transito calendarios azules,
pletóricos de lluvias engarzadas en manos
que invitan a la dulce caricia del encuentro.
La edad justa para desnudarnos los ojos
sin los pecados recientes ni las condenas remotas,
el instante preciso para sabernos íntegros,
vagabundos perpetuos en un horizonte cada vez más cercano.
Y así, como ensanchando las mangas y alargando la risa,
el reloj nos invita a eternizarnos en el presente.
"Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia."
Mario Benedetti
Vencidas por el derroche y la abundancia,
todavía colmadas de recodos tuyos,
de latidos, de dispares pulsos desorbitados,
las manos, tras la densa fragancia de un minuto preciso
descansan ociosas, separadas del cuerpo,
independientes colmenas de miel enamorada,
y todo cuanto respiran,
cuanto dicen en silencio,
lleva tu nombre, la seda de tu tacto,
como si un extraño experimento genético
las hubiera creado sólo útiles para el amor.
Cuando cese el caudal de los besos
y las arcas que atesoran las caricias
sólo guarden la añoranza del pasado...
Cuando nos miremos sin electricidad ni fuego
y las manos se contraigan del tacto
por haber rozado tanta piel enamorada...
Cuando el eco del latido
se disuelva en la neblina fugaz del desaliento
entre ruidos de costumbres y silencios...
Cuando del deseo sólo quede un letargo,
una mínima brasa de fuego encendido,
un esfuerzo de memoria entre los brazos...
Cuando todo parezca ya perdido u olvidado...
Quedará todo, amor,
la leña sigue prendida en el hogar
y una eternidad de descanso y milagro
vendrá a posarse en nuestras almas
preparándonos para el viaje final.
Caen jirones de piel,
como escamas maceradas,
entre el infortunio del primer deseo
y el tedio voluminoso del olvido.
Mezcla de caricia y sudor,
la alquimia infame de la sorpresa,
la magia perdida
entre el latido preciso y diario.
Cae la piel, seda ajada,
llevándose en su descenso,
cual pergamino indiferente,
la vida del sueño y la luz,
tras dejar un rastro de noche desnuda.
El amor viene desde lugares insospechados de la memoria.
Es un silencio, un vacío, la caricia transformada en pregunta
y que sólo responde el eco de nuestra propia suerte.
El amor viene invadiendo el paisaje de sombras
que algún día inventamos para nuestro destino.
El amor es la sed que tenemos y nos sobra,
el agua que rebosan los cántaros de vino
en bodas que presagian milagros ancestrales.
El amor es el enigma que destilan los hombres hechos dioses
y que las ninfas coronan con helechos de pluma.
Es la verdad oculta, la sinrazón comprendida,
el ocaso que resurge entre la bruma y el alba.
El amor es el dilema, el oráculo al que aspiramos
y que sólo encontramos en la luz que propagan
nuestras ígneas lágrimas al encontrar el océano.
"Te diré, niño mío, que sí,
tronchada y rota soy para ti"
Federio García Lorca
Estoy preparándome el lecho
para la venida de tus hijos
mientras tejo la organza y el raso.
Como un periscopio de ojos
me buceo el vientre
y cuido en él algodón,
y albahaca, y romero.
Cuando llegue la primavera
ya estaré preparada, amor,
para la siembra del futuro.
No cabe más ternura en esta épica habitación
donde, librando las más crueles batallas,
tú me hablas del norte mientras yo camino hacia el sur.
Así es, amor, sólo la diferencia nos salva
de no morir ahogados en el mismo mar de llanto.